viernes, 23 de noviembre de 2007

¿Demonios o judíos?

El reciente fallecimiento del gran actor Fernando Fernán Gómez, me hizo pensar en su carrera, y esto desató a su vez una serie de ideas en cadena, que me llevaron por una dirección bastante inesperada, a través de una de sus películas más olvidables (algo injusto por mi parte, ya lo sé).



Imagen de la película "Faustina"

Comenta Gonzalo Álvarez Chillida en su estupendo libro "El antisemitismo en España, la imagen del judío (1812-2002)", que los prejuicios antisemitas del medievo seguían en boga en España en los años 50 y 60, en libros de texto, novelas y películas. Y a continuación pone un ejemplo:
"La permanencia de los tópicos del antijudaísmo cristiano se manifiesta también en la película Faustina (Saenz de Heredia, 1957), que contó con un reparto de lujo: Fernando Fernán Gómez, María Félix, Fernando Rey y José Isbert. Se trata de una comedia sobre un Fausto femenino, siendo el protagonista masculino un diablo enviado a la tierra. Pues bien: todo lo que se relaciona con el infierno -los diablos, los instrumentos de sus conjuros, sus cartas- está inexorablemente adornado con grandes estrellas de David" (Álvarez Chillida pp 432-433).

Imagen de la película "Faustina"

La película en sí no menciona para nada a los judíos. Ni una sola vez. La trama no toca en ningún momento (al menos de forma directa) el tema de la conspiración mundial o de los Protocolos de los Sabios de Sión. Sin embargo resulta inquietante la identificación clara entre el mal, el Diablo y la estrella de seis puntas. De todos o casi todos es sabido que la estrella de cinco puntas y no la de seis es la que habitualmente se relaciona con Satán.
La sospecha de que su uso en el film no es un error o una casualidad, se acrecienta cuando en varias escenas de la película se responsabiliza a los demonios de las revoluciones populares, consiguiendo de este modo un binomio recurrente en la cosmovisión franquista de aquel entonces: comunismo y judaísmo internacional. Es reveladora la escena en la que el diablo principal, Mefistófeles, se encuentra contrariado por tener que volver a salir del infierno a la tierra para arreglar un asunto, puesto que según comenta, acaba de volver de Suez. La mención de ese topónimo no es baladí, si no más bien intencionada. Teniendo en cuenta que la película es de 1957, parece claro que la intervención maligna de Mefistófeles está relacionada con la crisis de Suez, en la que Israel lanzó una invasión del Sinaí el 29 de octubre de 1956. Todo esto lo dice Mefistófeles con su gran estrella de David colgada al cuello con una cadena dorada, por lo que uno puede imaginarse claramente de parte de quién está el demonio. Por aquél entonces, por supuesto, la estrella de seis puntas ya era el símbolo del Estado Judío.


Imagen de la película "Faustina"

Esto solamente es una pequeña anécdota, una nota al margen. Sin embargo es sintomático y se enmarca en un contexto más general. El caso es que dá la sensación de que estamos ante un antisemitismo aprendido, un antijudaísmo sin judíos, con hondas raíces folclóricas y religiosas, no nacido de una situación de convivencia real con el elemento objeto de la infamia, que hacía quinientos años que no formaba parte apreciable de la realidad española. Nos encontramos ante un prejuicio puro y duro, conservado y fomentado básicamente por el sectarismo, el rencor y los intereses de la Iglesia.

Imagen de la película "Faustina"
De este modo pueden explicarse hechos como que en un país de la Europa posterior al Holocausto, con plena conciencia del enorme crimen que había supuesto y de sus causas, todavía se pudieran publicar libros para niños y jóvenes con imágenes como la siguiente, del año 1953, que corresponde al asesinato ritual de    Santo Dominguito del Val, supuestamente llevado a cabo por judíos en la Zaragoza del siglo XIII.

Imagen del libro "Yo soy español" 1953

 No era nueva la historia, relatada en mil otras maneras, como en el martirio de otro niño, el "Santo Niño de la Guardia"  en esta ocasión en el siglo XV. Culto éste por cierto, el del "Santo Niño", que todavía continúa hoy día en una ermita del pueblo toledano de La Guardia. Cambia la época y el lugar, pero la calumnia es la misma. Podemos incluir también las leyendas en las que un padre judío asesina a su propio hijo o hija por haber aceptado la religión cristiana, como el niño judío de los "Milagros de Nuestra Señora", de Gonzalo de Berceo, que es horneado por su padre por haber ido a la iglesia a comulgar, o como en la "Rosa de Pasión", de Gustavo Adolfo Bécquer, en la que Daniel Leví, "judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza, pero más que ninguno engañador e hipócrita", junto con otros correligionarios, crucifica a su propia hija al verla enamorada de un cristiano y convertida.
En toda la cultura occidental hay intelectuales y artistas que han visto empañada su grandeza con la mácula del antisemitismo, como Wagner, Pio Baroja, Rubén Darío, Becquer y otros. Ellos son conocidos y apreciados por su obra, y no por esos esqueletos escondidos en el fondo del armario. Sin embargo no se comprende que se honre la memoria de hombres que solamente se han destacado por su fanatismo, sus arengas violentas y su furibundo antisemitismo, sin aportar siquiera algo a la ciencia, las artes u otro campo.
Ese es el caso de Onésimo Redondo Ortega, uno de los fundadores de lo que mas tarde sería la Falange Española y de las JONS, y destacado líder del fascismo español. Redondo fue uno de los mayores difusores en España del panfleto antisemita "Los Protocolos de los Sabios de Sión", del que hizo una traducción comentada, y del que dio numerosas conferencias. Había sido lector de español en la Universidad de Manheim, en Alemania, donde al parecer entró en contacto con los nazis, e incluso con el mismo Adolf Hitler, a quien admiraba. Los escritos panfletarios de Redondo rezuman odio a la democracia y a los judíos.
Nadie podría imaginar que un personaje así pudiera ser homenajeado en un país democrático y moderno dando su nombre a una calle, por ejemplo. En España no se hizo semejante cosa. Se hizo algo mucho peor. Se le dio su nombre a decenas de calles y a un pueblo entero. Si, un pueblo entero, el pueblo natal de Redondo, se llama OFICIALMENTE Quintanilla de Onésimo, aún en la actualidad, en pleno año 2007. Una auténtica vergüenza, que se perpetúa desde el franquismo, pero no precisamente a causa de la ignorancia de las instituciones. Es un hecho público y notorio, puesto que ese pueblo había saltado a la actualidad en varias oportunidades, debido a la circunstancia de que era el destino ocasional de las vacaciones de José María Aznar, y de que en él el Partido Popular había realizado el acto de inicio del curso político más de una vez.

No se está sugiriendo aquí en absoluto que el Partido Popular comparta en lo más mínimo las ideas de Onésimo Redondo, pero sí se destaca el hecho de que ese homenaje vergonzante no se ha perpetuado a causa de el olvido o la ignorancia, si no de la desidia, o lo que es peor, de la querencia de algunos.
Esperemos que España deje pronto atrás ese estigma de ignorancia imperdonable, y haga un exorcismo de sus demonios seculares. Pero los demonios de verdad, no los de Faustina.

Aviso: Al terminar el artículo me dí cuenta de que el niño de la imagen es Santo Dominguito, y no el "Niño de la Guardia", aunque a efectos prácticos eso importa poco, dado que la iconografía es prácticamente idéntica.

1 comentario:

PedroMix dijo...

De hecho, hasta bien entrada la década de los 70, los radioaficionados españoles tenían prohibido no solamente comunicar con países del bloque soviético, sino además con Israel.